jueves, 7 de julio de 2011

¿Por qué guardameta?

Todo el que haya sido portero he tenido que responder por lo menos una vez a esta pregunta: ¿por qué te hiciste portero? Y cada uno guarda una historia detrás, que es la que le ha marcado para ocupar una demarcación tan especial dentro del terreno de juego.

Cuando apenas levantaba poco más de un metro del suelo ya empezaba a disfrutar del balón en el colegio, la playa, el parque… incluso en el pasillo de casa con una pelota de trapo. Cualquier sitio con apenas espacio y algo que hiciera de esférico, aunque no era necesario ni que fuera redondo, servía de excusa para poder jugar. Pero aún no me imaginaba que lo que más me gustaría sería estar bajo los palos de la portería.

En una ocasión, con tan solo seis años, en el colegio me tocó ponerme de portero… y no es que me apeteciera mucho en aquel momento. La portería era una pared; los postes, dos pilares que sobresalían ligeramente; el larguero, digamos que se sostenía en aquella magnífica frase de “ha sido alta”. El suelo era de cemento, nada apropiado para lanzarse al suelo. No era el mejor escenario para estrenarse como cancerbero. Sin embargo, chutaron dos balones complicados, y me lancé sin miedo a pararlos, y tuve éxito en mi labor. La alegría de mis amigos por conseguir tal hazaña me hizo crecer en autoestima hasta límites insospechados. Me sentí un pequeño héroe, un gigante de tan sólo poco más de un metro y veinte centímetros.

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Fue la primera vez que sentí que quería ser portero. Pero no ponerme en la portería, sino ser portero. Con todas sus consecuencias. Aunque haya tenido que pasar por insufribles campos de tierra con los costados hinchados de tanto tirarme al suelo. Aunque haya sufrido goleadas de rivales muy superiores que han hecho que una y otra vez recogiera el balón de la red. Aunque sepa que es muy difícil que pueda saborear las mieles de marcar un gol. Aunque mi tarea en algunas ocasiones sea recibir un doloroso balonazo allá donde pueda ser más doloroso. Pese a todo ello y mucho más, me vale la pena. Porque parar ese balón que quiere besar las mallas y conseguir así el suspiro de tus compañeros es una sensación única. Y veinte años después, para mí, sigue siéndolo.

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